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María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve vástagos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa. El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña vivaracha y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

La primera comunión de la niña, al año siguiente, fue un día sin nubes en el que se entregó a Jesús. Su alma se relacionaba con Dios con espontaneidad y amor. A pesar de ello, influenciada por el moralismo de la época, pasó una larga temporada en la que sufrió de terribles escrúpulos. Su hermana María trataba de ayudarla con gran pedagogía.

En la Navidad del año 1886, un par de meses después de la entrada de María en el Carmelo, Teresa recibe lo que llamó la “gracia de su conversión”, en la que superó su extrema sensibilidad y comenzó a hallar su felicidad olvidándose de sí misma para dar gusto a los demás.

Al año siguiente, tras conseguir el permiso de su padre para ingresar en el Carmelo, peregrinó a Roma donde, en una audiencia con el Papa León XIII, le pidió el permiso para entrar al Carmelo a pesar de su juventud.

El 9 de abril de 1888, Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”, cuando su padre sufrió periodos de alucinaciones y hubo de ser ingresado en un psiquiátrico. Enfermedad que él vivió con gran fe, pero por la que sus hijas sufrieron mucho.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Tras el periodo de formación, pasó a ser formadora de las jóvenes, aunque sin el “título” oficial, siendo maestra de su hermana Celina. También se escribió con dos misioneros. Por medio de estas cartas, estableció con ellos una relación no solo fraterna, sino de verdadero acompañamiento espiritual. En una época en que muchos creyentes se ofrecían como víctimas de la ira de Dios, Teresa se ofrece a su Amor Misericordioso, entendiendo que la justicia divina –como el resto de sus atributos– está siempre impregnada de misericordia. Con los años, va creciendo su experiencia del amor incondicional y gratuito de Dios, sintiéndose llamada a vivir en el agradecimiento y abandono confiado de un niño en brazos de su madre.  Esto le conduce a entender el valor de las más pequeñas obras realizadas por amor (y no por ganar méritos), afinando en el amor cotidiano, en los más mínimos detalles. Llega a entender que su vocación en la Iglesia es el amor. Mujer sencilla, que vivió sin hechos extraordinarios, sin éxtasis ni milagros, conoció la aridez en la oración y las incomprensiones, lo que nunca le quitó una serena alegría y una paz que cada vez colmaban más su corazón.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. Prueba en la que no puede creer en la vida eterna y que describe estremecedoramente. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, revolucionó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia. También es la patrona universal de las misiones.

Su fiesta se celebra el 1 de octubre.

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Acercarnos a la persona de Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz, supone encontrarnos con una buscadora apasionada de la Verdad, rasgo que la definió toda su vida. Nació el 12 de octubre de 1891 en el seno de una familia judía en Breslau (actual Polonia), donde su madre, mujer fuerte y de fe profunda, educó a sus hijos en un clima de respeto y libertad responsable. La fe de Edith se irá debilitando a medida que quiera hacer suyas las creencias recibidas; al no encontrar respuesta a sus interrogantes, las abandonará en su adolescencia.

Poseía una inteligencia e intuición extraordinarias, por lo que fue una alumna brillante en todos sus estudios. Movida por un impulso interior de búsqueda del sentido de la vida, estudió Psicología, materia que le defraudó. Se siente atraída por la historia, filosofía y germanística, que estudió durante los años universitarios en su ciudad natal.

En su proceso de búsqueda se encuentra con la obra: Investigaciones lógicas de quien será su maestro y admirado filósofo, Edmund Husserl, padre de la fenomenología, ciencia que abrirá nuevas perspectivas al conocimiento de la esencia de las cosas. En la universidad de Gotinga se dedicará a la profundización de esta ciencia junto a otros filósofos como Scheler, Reinach, el matrimonio Conrad-Martius que serán a la vez, grandes amigos suyos.

Cuando estalla la I Guerra Mundial, se alista como enfermera de la Cruz Roja, pues está convencida de que su vida ya no le pertenece, ha de ser entrega al “gran acontecimiento”. Se encuentra con el misterio del dolor y de la muerte de una manera sumamente real que le llevará a asumir como propios los sufrimientos de los hombres.

Sigue estudiando y preparando la tesis doctoral, en la que recibirá la máxima distinción, “summa cum laude”, con el tema: Sobre la empatía. Intenta acceder a una cátedra universitaria pero se le niega por ser mujer.

Dos hechos la conmoverán profundamente y serán determinantes para dar el paso a la fe en Cristo: la actitud de serenidad frente a la muerte que apreció en la esposa de Reinach, caído en combate;  y la lectura de la Vida de Santa Teresa de Jesús en casa de su amiga H. Conrad-Martius.

A partir de entonces prosigue su particular itinerario de profundización en la fe, camino de abandono progresivo y confiado en las manos de quien se le ha revelado como la Verdad y fuente de toda sabiduría. Su deseo de entrega total al Señor en el Carmelo se verá precedido por unos años intensos en que desarrollará su tarea como profesora de alemán en las dominicas de Espira, conferenciante en instituciones pedagógicas y filosóficas, estudiosa y traductora de autores como Sto. Tomás de Aquino o el cardenal Newman, profesora en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster… El ambiente de fuerte antisemitismo que se respiraba (1933), la forzará al abandono de la enseñanza.

Parecía llegado el tiempo ansiado de iniciar la vida en el Carmelo y tras un doloroso encuentro con su madre, quien no había aceptado la conversión de Edith, ingresa el 14 de octubre de 1933 en el Carmelo de Colonia, donde permaneció hasta el 31 de diciembre de 1938, fecha en que se traslada al Carmelo de Echt (Holanda), por la asfixiante persecución contra los judíos y católicos de Alemania. Asumió la “ciencia de la cruz” hasta sus últimas consecuencias; entró en la “Vida” el 9 de agosto de 1942 en Auschwitz-Birkenau.

Fue beatificada (1987), canonizada (1998), nombrada copatrona de Europa (1999) quien supo aunar en sí, la búsqueda de la Verdad junto al confiado abandono en Dios.

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José Kalinowski, nace en Vilna (Lituania) el 1 de septiembre de 1835, hijo de André Kalinowski y Josefina Polonska, nobles católicos.

Estudia en la academia militar de san Petersburgo, con buenos resultados, pero a causa de la insurrección de su país frente a la ocupación rusa, decide dejar el ejército y aunque, por sus conocimientos, sabe que el éxito de la insurrección es imposible, decide ayudar a sus compatriotas, acepta el cargo de ministro de la guerra y evita en lo posible el mayor derramamiento de sangre.

En  marzo de 1864 es arrestado y se le condena a la pena capital, que es conmutada por 10 años de trabajos forzados en Siberia. Con un crucifijo y la Imitación de Cristo, sale para Siberia y tras 9 meses de durísimo viaje, llega con los supervivientes a las riberas del lago Bajkal.

En aquellas circunstancias especialmente duras, demostró una gran entereza y caridad, soportando los sufrimientos y las incomodidades, compartiendo con los demás lo que tenía, y podían enviarle sus familiares: «Lo escribo claramente, la mi­seria aquí es grande; encontrar dinero en la patria es siempre más fácil que en Siberia. Me es inconcebible ser indiferente».

Con los años, se le libera de los trabajos forzados, y el 2 de febrero de 1874 le conceden la libertad, aunque tiene prohibido volver a vivir en Lituania. Aceptó entonces el puesto de tutor de Augusto Czartoryski, de 16 años, que vivía la mayor parte del tiempo en París.

El 15 de julio de 1877, entra en el convento carmelita de Grantz, con el nombre de Rafael de San José. Pronuncia sus primeros votos el 26 de noviembre de 1878 y parte hacia Hungría para estudiar filosofía y teología en el convento de Raab. El 27 de noviembre de 1881, pronuncia sus votos perpetuos y es enviado a Polonia al convento de Czerna donde es ordenado sacerdote el 15 de enero de 1882 y en un año le dieron responsabilidades de gobierno.

Reorganiza la Orden en Polonia y la tercera orden seglar. Publica algunas biografías. En 1906, toma la dirección del colegio de teología en Wadowice. Es apreciado por todos como director espiritual y confesor. Se dedica con especial interés a tratar a sus hermanas carmelitas descalzas con gran entrega.

Muere el 15 de noviembre de 1907 en Wadowice. Fue beatificado en Cracovia el 22 de junio de 1983 por el Papa Juan Pablo II y canonizado en Roma el 17 de noviembre de 1991. Su fiesta fue fijada el 19 de noviembre.

En su vida, destacan de forma especial el espíritu de caridad y el espíritu de reconciliación, junto con la entrega que desarrolló en la formación especialmente de los jóvenes.

Enseña a tener el coraje de perseverar en la fe y de confiar en las dificultades; también que solamente a la luz de la reconciliación proveniente de Dios se puede avanzar hacia el encuentro con el hombre y hacia el perdón. Y que para poder perdonar, hay que saberse perdonado.

Poseía un carácter abierto, pleno de cordialidad. De su permanencia en Siberia, regresó convencido de la necesidad de dedicarse a la juventud, puesto que, en esta etapa de la vida, el aprendizaje es configurador de la persona y se decide el futuro. Buscaba ante todo una formación integral del ser humano; le movía un interés espiritual e intelectual.

Su vida fue iluminada por el evangelio y la persona de Jesús.

Es invocado como patrón de siberianos, educadores, ferroviarios, ingenieros y jóvenes.

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Juanita Fernández Solar nació el 13 de Julio de 1900 en Santiago de Chile. Educada en la fe desde muy niña por sus padres, tuvo una precoz inclinación a la oración y al bien. Desde 1907 ingresó como externa en el colegio de las religiosas del Sagrado Corazón. El 11 de septiembre de 1910 recibió la primera comunión. Día fundamental para ella, desde el cual vivió cada vez una más intensa amistad con Jesús.

De familia acomodada, trató con inusual afecto a los empleados del hogar y se preocupó por las catequesis y las necesidades materiales de los pobres de sus tierras. Su padre demostró poco acierto en la administración de su hacienda y perdió gran parte de su fortuna, creando no pocas tensiones en el matrimonio. Además, su hermano Lucho se alejó de la fe y Miguel llevaba una vida un tanto bohemia. En medio de las dificultades familiares, ella fue el ángel que veló por todos.

Con 15 años, declaró que Cristo la había cautivado. Poco después fue internada en el colegio, lo que ella vivió con una gran pena: Hiciera cenizas el internado, llega a decir. Hasta que decidió ser fiel en su vida de colegiala como un modo de entregarse a la voluntad de Dios y trató de esforzarse en ser una alumna ejemplar. Al poco de su ingreso, a raíz de unas conversaciones con una de sus maestras, comenzó el discernimiento sobre su posible vocación.

A los 17 años, leyó a Santa Teresa de Jesús, lo que la impulsó a vivir la oración como amistad y entrega a los demás. También conoció los escritos de Santa Teresita y Sor Isabel de la Trinidad, con las que experimentó una gran sintonía. Ella también deseó ser casa de Dios, y alabanza de gloria. Entró en contacto epistolar con la Madre Angélica, priora de las Carmelitas de los Andes y le planteó su inquietud vocacional.

Un año después, dejó el internado debido a la boda de su hermana Lucía, para aprender a llevar las tareas de la casa y presentarse en sociedad. Era una joven deportista, amante de la naturaleza y alegre. También daba catequesis y clases a niños de familias desfavorecidas y colaboraba en las misiones No tuvo dudas de su vocación, pero sí de si debía ser monja del Sagrado Corazón o Carmelita Descalza. Cuando su madre se enteró de su vocación, trató de probarla de diversas maneras para disuadirla, sorprendiéndose de la dulzura y equilibrio con que reaccionaba. El 11 de enero de 1919, conoció a la comunidad de carmelitas y desaparecieron las dudas, seducida por la sencillez, familiaridad de trato y espontaneidad de las hermanas.

Al conocer la noticia en su familia, sus hermanos trataron de disuadirla, pero sus padres le dieron el permiso. Ingresó el 7 de mayo de 1919, cambiando su nombre por el de Teresa de Jesús. Allí conoció los escritos de San Juan de la Cruz, que le ayudaron en la maduración de su oración.

Ejerció un verdadero apostolado con sus cartas a familiares y amigos, tratando de animarles a la amistad con Dios, a la alegría y la gratitud. Cartas escritas con grandes dosis de cariño y comprensión. Ellas y sus Diarios quedaron como legados de su espiritualidad.

En semana santa de 1920, enfermó gravemente. Hizo su profesión religiosa en el lecho, con alegría y emoción, y falleció el 12 de abril.

Su vida y espiritualidad, son irradiación de Dios en Chile y toda Latinoamérica. Su santuario es un lugar de peregrinación donde muchas personas se reencuentran con Dios y con la fe.

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Ana María Redi nació en Arezzo, Italia, el 15 de Julio de 1747. Fue la segunda de trece hermanos todos los cuales, salvo el primogénito y los cinco que fallecieron de niños, se consagraron a Dios. Tuvo una infancia muy feliz, destacó por su inclinación a la piedad, deseos de santidad y compasión por los pobres.

Con nueve años fue internada en el colegio de Santa Apolonia de las Benedictinas de Florencia donde, de 1756 a 1763, recibió una esmerada educación. Tras unos ejercicios espirituales a los 14 años, se vuelve una niña responsable y afable, que se hace querer.

Se sintió llamada a la vida religiosa y se planteó ingresar Benedictina. Tras una conversación fortuita con una amiga que iba a ingresar en el Carmelo, Anita sintió la vocación de carmelita (que ella no apreciaba antes). Salió del colegio para madurar su decisión. Al cumplir los 17 años comunicó su resolución para sorpresa de todos y disgusto de las monjas de su colegio.

Ingresó para un periodo de prueba el 1 de septiembre de 1764 en las Carmelitas Descalzas de Florencia. Poco antes de terminar el postulantado fue operada de la rodilla, y salió del convento sin saber si sería admitida. Ingresó y tomó el hábito el 10 de marzo de 1765, haciéndose propósito de vivir la oración, la obediencia y el silencio. Profesó el 12 de marzo de 1766 con el nombre de Teresa Margarita del Corazón de Jesús.

De natural fogoso, aprendió a controlarse y llevó una vida de admirable fidelidad desde el comienzo. Desde su entrada al Carmelo, la relación con su padre –de mutua ayuda espiritual– alcanzó mayor profundidad. Tuvo gran amistad con una hermana de comunidad. Se contrastaban y comprometían mutuamente para ser mejores religiosas.

Su conocimiento del latín facilitó que comprendiera los textos bíblicos y litúrgicos, disfrutaba recitándolos constantemente, queriendo vivir la Regla del Carmelo meditando “día y noche la Palabra de Dios”. Tenía especial simpatía por textos de San Pablo como: “vuestra vida está con Cristo, escondida en Dios”. A veces parecía atolondrada, como cuando se sobrecogía con las maravillas de la creación, y llegaron a temer que fuese melancólica. Sus hermanas de comunidad solo tras su muerte comprendieron la santidad de esta joven carmelita.

Tenía constante memoria de Cristo Crucificado, “capitán del amor” que levanta “el estandarte de la Cruz”. Desde los ejercicios espirituales de 1768, se propuso en todas sus acciones no tener otra mira que el amor y unir su voluntad con la de Dios. Fue perseverante en pequeños servicios a las hermanas y no consentía murmuraciones ni críticas. Exclamaba constantemente: “Dios es amor”. Vivía en continua acción de gracias: ¡Que pruebe quien no lo crea y no se atreva a acercarse a Él, lo bueno y generoso que es nuestro amorosísimo Dios!”

En el ejercicio de la caridad era exquisita. Desde el principio se ofrecía a cuidar a hermanas ancianas y enfermas, en las que veía al mismo Jesucristo, y fue ayudante de la enfermera. Las enfermas la solicitaban y ella se ofrecía a cuidar a las más difíciles, incluso una hermana demente y agresiva que todas temían y que ella sabía llevar con gran paciencia y sin lamentarse.

Al final de su vida, tuvo gran aridez en la oración. Experimentó repugnancia, insensibilidad, temores, tentaciones y antipatía a la virtud. Ella redoblaba su fe, vivía en abandono confiado a Dios y recitaba salmos, frases bíblicas o la expresión: “¡Padre bueno!”. Amante de la lectura desde niña, al final solo podía leer a Santa Teresa.

Falleció de apendicitis el 7 de marzo de 1770.

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María de las Maravillas Pidal y Chico de Guzmán, OCD (1891-1974).

Nace en Madrid el 4 de noviembre de 1891 en una familia profundamente católica, la de los Marqueses de Pidal. Después de una infancia y juventud propias de su estado social, lo abandonó todo para ingresar en el Carmelo del Escorial en el año 1919.

En el año 1924, por inspiración divina, funda el Carmelo del Cerro de los Ángeles junto al monumento del Corazón de Jesús.

En 1933 funda un Carmelo en Kottayam (India).

De 1936 a 1939 arrecia la persecución contra la Iglesia española y las Carmelitas Descalzas del Cerro, emprenden una arriesgada peregrinación  que culminará en el Desierto carmelitano de Batuecas (Salamanca) recuperando este monasterio para la Orden.

En 1939, la M. Maravillas regresa al Cerro y emprende numerosas fundaciones con el espíritu de Santa Teresa de Jesús: En 1944 Mancera de Abajo, (Salamanca), en 1947 Duruelo, en 1950 Cabrera, (Salamanca), en 1954 Arenas de san Pedro, (Ávila), en 1956 San Calixto (Córdoba), en 1958 Aravaca, (Madrid), en 1961 La Aldehuela, (Madrid), donde vive hasta su muerte.

Desde aquí, esta hija de Santa Teresa, audaz y actual, siempre atenta a las necesidades del prójimo, realiza su gran obra social; sirva de ejemplo la edificación de una iglesia, barriada y colegio para pobres.

Posteriormente, realiza la Fundación de  Montemar, (Málaga), en 1964.

Además, en 1964 el Arzobispado de Madrid-Alcalá le pide la restauración del Carmelo del Escorial donde vivió sus primeros años en la Orden y en 1966, a petición del Obispado de Ávila, salva de la extinción el monasterio de La Encarnación, donde santa Teresa de Jesús vivió 30 años.

El 11 de diciembre de 1974 se durmió en el Señor en su convento de La Aldehuela, dejando tras de sí una ráfaga de luz y amor después de poner al servicio de Dios y  del Carmelo Descalzo todos sus dones y vocación, su vida entera. En la iglesia conventual su sepulcro recibe cada año miles de peregrinos.

 

En 1974, el P. Finiano, General del Carmelo Descalzo, dirige al Papa Pablo VI una emotiva carta con un elocuente retrato de la Madre, pidiendo la pronta introducción de la causa. La Orden del Carmelo Descalzo la lleva adelante y la Madre Maravillas es beatificada en Roma en 1998 y canonizada en Madrid en 2003 por S.S. Juan Pablo II, quien dijo de ella que “… vivió animada por una fe heroica, plasmada en la respuesta a una vocación austera, poniendo a Dios como centro de su existencia. Realizó nuevas fundaciones de la Orden del Carmelo presididas por el espíritu característico de la Reforma Teresiana”.

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Isabel Catez nació el 18 de julio de 1880 cerca de Bourges (Francia). Tres años después nacerá su hermana Marguarita (Guita).  En 1887 fallecen su abuelo y su padre y quedan las dos niñas al cuidado de su madre, una mujer muy enérgica y recta.

La pequeña Isabel también tiene un carácter muy marcado, sus rabietas infantiles eran temibles. Pero también desde muy temprana edad, trata de vencer su temperamento. Al morir el padre, cambian de domicilio cerca de las Carmelitas Descalzas de Dijon. El sonido de las campanas del convento y la huerta de las monjas ejercerán una gran atracción sobre Isabel.

El día de su primera comunión, 19 de abril de 1891, es fundamental para ella: siente que Jesús la ha llenado. Esa tarde va de visita por primera vez al Carmelo y la priora le explica el significado de su nombre hebreo. Isabel es “casa de Dios”. Esto impacta profundamente a la niña, que comprende la hondura de esas palabras. Desde entonces, se propone ser morada de Dios en su vida, con más oración, controlando su temperamento, olvidándose de sí misma.

A pesar de su viva inteligencia, la joven Isabel recibe una cultura general deficiente, pero está muy dotada para la música y gana un primer premio de piano a los 13 años. Tiene un alma sensible a la música y la naturaleza, hermosuras que le refieren siempre a Dios, en las que ve reflejada la armonía del Creador.

Isabel desea ser carmelita, pero su madre se lo prohíbe hasta los 21 años. Leyendo a Santa Teresa, siente una gran sintonía. Comprende que la contemplación es dejarse obrar por Dios, que la mortificación ha de ser interior y que la amistad es una actitud de anteponer tus intereses a los de la otra persona. También le ayudó mucho la lectura de la Historia de un alma, donde la joven Teresa de Lisieux, recién fallecida, la impulsó en el camino de la confianza en Dios.

El 2 de agosto de 1901, la postulante ingresa en el Carmelo de Dijon con el nombre de Isabel de la Trinidad. La Madre Germana será su priora, maestra y, finalmente, admiradora y discípula. Isabel vive una vida completamente ordinaria, una vida de fe, sin revelaciones ni éxtasis, sin embargo, enseguida llama la atención de toda la comunidad la fidelidad y entrega de la joven. Ella, a su vez, se sumerge en la lectura y profundización de la Escritura (fundamentalmente San Pablo) y de San Juan de la Cruz. De su mano, va encontrando su propio camino interior y madurando en su fe.

Leyendo a San Pablo, descubre una intensa llamada a ser Alabanza de Gloria de Dios Trino en cada instante del día, viviendo en una constante acción de gracias. Llega a tener tal identificación, que al final de su vida firma algunas cartas con ese nombre: “Laudem Gloriae”.

En la cuaresma de 1905, Isabel enferma y tras una penosa y larga enfermedad, muere el 9 de noviembre de 1906. Sus últimas palabras fueron: “Voy a la Luz, al Amor, a la Vida”.

Su vida y escritos tuvieron una difusión sorprendente. Estos son: sus Diarios, las Cartas, sus Poemas (reflejo de su alma, pero de poca calidad literaria), unas Oraciones entre las que es célebre su elevación a la Santísima Trinidad, y los siguientes escritos: El cielo en la fe, que anima a vivir el cielo en la tierra adorando a Dios en fe y amor, a su hermana Guita, casada y madre; grandeza de nuestra vocación, últimos ejercicios y déjate amar (dedicado a su priora).

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El Beato Francisco Palau, un carmelita español que nace en Aytona en 1810 y muere en Taragona en 1871, es un personaje típico del siglo XIX, de quien afirma el P. Alejo de la Virgen del Carmen que entre las grandes figuras del siglo XIX, sobre todo en Cataluña, y entre los apóstoles de la palabra cristiana, al lado del Venerable Claret, el P. Coll y el P. Planas, habría que colocar al P. Palau, “más afligido, más calumniado y menos conocido hoy que todos ellos”.

 

Es un hombre insatisfecho con el espíritu del siglo, añorante del mundo que ha caído por tierra con los procesos revolucionarios, y siempre esperando el surgimiento de una nueva sociedad en las que poder ver realizadas sus esperanzas.

 

La vocación; paulatinamente descubre que su sitio está en el claustro, y cuando las circunstancias le expulsen del mismo, reafirmará su vocación de religioso y carmelita, a la cual permanece fiel frente a presiones, prohibiciones, cárceles y destierros, y ya que en él la “llama del amor” era más fuerte que todas las dificultades que se le presentaban “se resolvió «vivir solitario en los desiertos, dentro del seno de los montes”.

 

El amor a la Iglesia, su gran pasión que terminará por revelarse como una realidad más allá de lo estructura, como en un principio la pudo sentir, para comprenderla como comunión de amor entre Dios y el prójimo. Cuando descubra este misterio, a la altura de 1860 encontrará el sentido definitivo a su vida, una vida gastada al servicio de la Iglesia.

 

Francisco Palau, el solitario por vocación, se siente  un apóstol, un evangelizador, dispuesto a gastar esta  causa contra todos aquellos que intentan arrinconar y silenciar a Dios. El entiende que evangelizar es toda actividad, la predicación, la enseñanza, la catequesis, la beneficencia, el ejercicio del periodismo, estilo a su estilo, propaganda y denuncia, que ayudase a cristianizar el ambiente cada vez más alejado de los principios religiosos que, para él, son la base sobre la que debe levantarse el edificio social.

 

Pero esta pasión no sólo se dirige al adoctrinamiento cristiano, sino también a la atención de los necesitados, los enfermos, y entre estos a los “locos”, a los dementes, que a veces aparecían como dejados de la mano de Dios. De hecho él, que desde joven ha sentido que la soledad y la contemplación –la vocación de María- era el ámbito natural para el desarrollo de su vocación, recomienda a sus hijas la vocación de Marta.

Este es el P. Palau, un carmelita descalzos que al ser expulsado del convento descubrió su vocación de ermitaño solitario que, encontrándose a gusto en las cuevas y soledades de las montañas, supo estar al lago de la gente, como predicador, reformador de las costumbres, catequistas, animador de grupos y comunidades que se formaban alrededor de su persona.

Misionero Apostólico. Fundador de lo que hoy conocemos como dos  congregaciones, Carmelitas Misionaras Teresianas y Carmelitas Misoneras.

Escritor de obras de carácter devocional y apologético. Pero, ante todo y sobre todo, es un buscador,  que anduvo siempre “en pos de lo bueno y de lo bello”.