Carta del P. Saverio Cannistrà, Prepósito General OCD, con motivo de la muerte del P. Felipe Sainz de Baranda

Carta del P. Saverio Cannistrà, Prepósito General OCD, con motivo de la muerte del P. Felipe Sainz de Baranda

El P. Felipe nos ha dejado. No lo esperábamos, porque – a pesar de su edad y de algunos problemas de salud que tenía – estaba bastante bien y sobre todo porque nunca se piensa que una persona como él pueda dejarnos.

No puedo olvidar la primera vez que lo encontré. Yo acababa de ingresar al Carmelo, era postulante en Florencia y el P. Felipe vino para presidir una profesión en el monasterio de nuestras monjas. Su voz poderosa, su figura imponente, todo hablaba de un verdadero General. Pero, al mismo tiempo se veía su sencillez y su trato fraterno con nosotros y con las monjas. Como séquito del P. General pudimos entrar en la clausura de las monjas y me encantó su manera de bromear con ellas, hablando de las ollas pequeñas. Se veía que, con todo el sentido de sagrado y de misterio inviolable que flotaba en las piezas de la casa, él sabía crear un clima de hermandad y de familia.

Esa primera impresión de padre de familia ha sido confirmada por todo lo que después he podido conocer de él, empezando por su trabajo incansable durante los dieciocho años que estuvo en la casa general, primero como Vicario General y después como Prepósito. Puedo decir que hasta hoy su presencia ha dejado una huella imborrable en el gobierno y en la vida de la Orden. Durante estos años estamos releyendo las Constituciones, que han sido aprobadas y revisadas en el tiempo de su servicio como Prepósito General. A su gobierno debemos también un fuerte impulso misionero de la Orden, sobre todo en África. Las casas de formación para nuestros jóvenes han sido una preocupación constante del P. Felipe, que mucho ha trabajado para realizarlas en varios países. No es por casualidad que, al terminar su segundo mandato como General, pidiera trasladarse a Uruguay donde fue durante muchos años maestro de los novicios, poniendo a servicio de ellos toda su experiencia y sabiduría.

Todos sabemos que las Constituciones de nuestras hermanas han sido una de las cruces más pesadas que el P. Felipe tuvo que llevar y que el texto que se aprobó en el 1991 es fruto también de sus sufrimientos, de sus luchas y de sus lágrimas. Su cariño y su entrega generosa para con las carmelitas descalzas ha continuado hasta la última etapa de su vida, como confesor y asesor de muchos monasterios en América Latina.

Felipe, tu partida nos hace sentir más solos y más desamparados. Sin embargo, sabemos que ahora podemos contar aún más contigo, con tu amistad y con tu fortaleza, que tanto necesitamos. Y lo que nos has dejado es un legado enorme: el ejemplo que nos has dado de verdadero amor a nuestra familia y a toda la Iglesia. ¡Gracias, Felipe! ¡Nunca te olvidaremos!