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17 mayo 2022

DÍA 17 ABRIL 2022 – DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Nunca olvidaré en los días de mi vida este Domingo de Resurrección. Nunca.

Amanece la Vida. Y más en un día como hoy, día de Pascua. Pero esa vida nos ha nacido en el suplicio de la Cruz y se ha hecho luz en el sepulcro vacío.

A las 8 de la mañana comienza la celebración de la Eucaristía en nuestra parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz, de Kiev con una procesión alrededor de la parroquia, con el Santísimo. Hace mucho frío, pero la pequeña iglesia está llena. La procesión es toda una metáfora de la vida misma. Cantamos la alegría y la confianza en Su Resurrección en medio de la muerte. En la celebración hay varios soldados y policías de uniforme que viven intensamente el momento.

Preside el padre Benedict y predica el sacerdote Maciej, cuya organización PRO SPE viaja casi todos las semanas a Ucrania para ayuda humanitaria. Sus palabras y su presencia son también un regalo de comunión eclesial estos días.

Al finalizar la Misa, agradecimiento muy sentido de la gente. Me regalan una sudadera que dice “Viva Ucrania”, y unas flores amarillas. Dos laicos de la parroquia me agradecen la valentía de venir como el pastor en medio de las ovejas en peligro y agradecen la vida de estos carmelitas que se han quedado para acompañar y cuidar a la gente. Nos dicen que también ellos necesitan el cuidado y el apoyo de todos para seguir sosteniendo y animando a los demás. Me cantan una canción emocionante que dice “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Agradezco vivamente su precioso discurso sincero y expreso el orgullo por mis hermanos, por su entrega y por estar aquí. Les nombro a cada uno y doy gracias por sus vidas. Bendigo la vida de todos los presentes. Nunca olvidaré este Domingo de Resurrección. Al terminar les hago entrega de un regalo: una reliquia de Santa Teresita y de sus padres, Celia y Luis. Y también de Mariam de Belén, invocando para todos ellos la bendición, para sus familias y las familias que han sufrido alguna pérdida importante estos días, para que Teresita ilumine la noche de nuestros días y para que Mariam nos haga vivir al Dios de la vida en la humildad y la nada del sepulcro vacío, la plenitud de la misericordia. Celebran con mucha alegría el regalo.

Después de la misa, soy bendecido con sus abrazos y su sonrisa. Todos expresan el saludo de Pascua en ucraniano.

Hacemos el desayuno, que es aquí como una comida. De hecho, hoy haremos la siguiente comida cerca de las seis de la tarde.

Y emprendemos camino Benedict, Jozef, Maciej, Bogdan (amigo voluntario) y yo, a lugares muy significativos y estremecedores.

Visitamos en primer lugar el seminario mayor de Kiev (Worzel), que está en un bosque, en el campo, a unos kilómetros de la ciudad, y nos recibe el rector, el padre Ruslan, joven, delgado, con sotana y polar, y algunos voluntarios y gente que trabaja con él en la ayuda humanitaria a las familias. El seminario fue saqueado por los rusos y se llevaron todo lo que quisieron. En el patio del seminario cayó una bomba de racimo, cuyos efectos nos espeluznaron. Algunos trozos de la metralla entraron por las ventanas e impactaron a la Virgen de Fátima arrancando la cabeza. Comprobamos el agujero del proyectil en el patio y su potencia destructiva.

El padre Ruslan y otros voluntarios nos acompañan durante todo el día al siguiente lugar, que es el campamento de los rusos en el bosque, los responsables de las masacres de Bucha. Con cuidado nos adentramos entre los árboles. Encontramos todo tal como lo dejaron hace 15 días; las madrigueras excavadas en el suelo, las instalaciones provisionales. Todo absolutamente nos deja perplejos y con el alma atravesada por preguntas sin respuesta: ¿Cómo puede el ser humano llegar a tanta atrocidad en pleno año 2022? No es una película, no es un reportaje en blanco y negro de los años 42, no es una biografía que habla de Auschwitz. Los rusos se fueron de aquí hace quince días y sólo pensarlo se me ponen los pelos de punta. Está la fruta en las cajas, la cafetera, los calcetines colgados, las botellas de vodka vacías, las botas en el suelo, las cajas rusas que contienen la comida, pastillas de vitaminas, etc. etc. Pisamos este suelo con cuidado por si hubieran dejado alguna mina, pero queremos ver y ser testigos para poder contar al mundo lo que hemos visto. Una historia real y no de ciencia ficción. El alma encogida, indignada, taladrada como por bomba de racimo de pies a cabeza. ¡Dios mío! ¿Cómo es posible? Desde aquí iban a los pueblos vecinos y hacían atrocidades. Desde aquí recibían de sus superiores el encargo de hacer con libertad lo que quisieran. Hablo con Jozef pensando en voz alta: ellos también tendrán madre y hermanas y abuelos e hijos. Entonces, ¿cómo se puede lastimar la vida hasta tal punto…? Nos quedamos en silencio y oramos. Emprendemos el camino del horror por las calles de Borodzianka, Bucha e Irpin. No puedo describir con palabras lo que vimos, vais a ver algunas fotos, y os pido que no retiréis la mirada, porque esta película es real y las víctimas merecen que miremos, que despertemos y que nuestra vida se haga consciente. Tanques destrozados, casas quemadas, edificios en ruinas, hospitales vaciados, un espectáculo siniestro, demoniaco… puentes destruidos, coches volcados. Y la sensación de estar siendo testigos privilegiados y atónitos de que los Hitler y los Stalin, los Mussolinis y los Pinochets, los Gadafis no han desaparecido del escenario humano, aunque nos cueste creerlo. También una masa inmensa enardecida aclamaba a Hitler y le saludaba como el salvador. Por favor, no soportaré que nadie justifique este horror con bondades ideológicas del signo que sean.

En el corazón de Bucha, donde depositaron los cadáveres de 98 personas tiroteadas en las calles, oramos sobrecogidos en el lugar de la fosa común. Y enviamos desde ahí mismo nuestro mensaje a toda la Orden de felicitación de Pascua. En este sepulcro vacío y real, Jozef, Benedict, también Marek que se ha quedado en la parroquia, y yo, expresamos la comunión de todo el Carmelo ucraniano con toda la Orden.

Junto a una puerta, en el suelo donde hubo el cadáver de un anciano, han colocado unas flores amarillas. Rezamos a María y oramos por todos. Cristo ha vencido a la muerte. Cristo ha resucitado. No están aquí, están ya en la casa de la vida. Disfrutan de La Paz de Dios en el hogar sin fin.

Abrazo a Ruslan, el joven rector que nos ha acompañado tan amable, y que ha estado en contacto con todos los protagonistas y con familias de las víctimas y nos aseguramos la oración común. Le digo que el Carmelo orará por los 25 seminaristas de Kiev y por él. Un abrazo muy sentido.

Emprendemos camino a la parroquia de un sacerdote Dehoniano, Tadeusz, que se ha quedado aquí en los tiempos más difíciles, en Irpin, una de las ciudades masacradas. Nos enseña su capilla, dedicada a santa Teresita. Le entregamos una chimenea para calentar la parroquia, que traíamos todo el día en la furgoneta de Maciej.

Volvemos a casa para un programa de la radio argentina. Y visitamos a Verónica y Alejandro, miembros del Carmelo Seglar de Kiev. Nos reciben con tanto cariño en su humilde casa también alcanzada por una bomba de racimo. Verónica nos habla entusiasta del Carmelo Seglar y nos entrega unos regalos, y un libro publicado en ucraniano con textos de los Santos del Carmelo, de lo poco publicado en ucraniano sobre nuestros santos. Nos contagian con su entusiasmo. Oramos por todo el Carmelo Seglar en Kiev y en Ucrania.

Retornamos a la parroquia. Se hace muy tarde. El toque de queda es a las 22.00. Abrazo muy sentido por ambas partes.

Me siento muy feliz de verles confortados. Me siento muy contento de haber llegado a Kiev y haberme dejado tocar por su testimonio y su presencia paternal y fraterna con la gente sencilla. Son un sacramento vivo de la cercanía incondicional de Dios a cada ser humano. Dios os bendiga, mis hermanos. Orgulloso me siento. Y me despido deseándoles, en polaco, ánimo y coraje.

Salimos con dificultad de Kiev. El GPS no sabe de barricadas y de calles cortadas. Después de un rato conseguimos salir de la ciudad. Tenemos poca gasolina, solo para unos 40 km. Y nos quedan unos 150. Jozef reza al Espíritu Santo y dice que nunca le falla. Pasamos muchas gasolineras cerradas. Ya es muy tarde. Me imagino durmiendo en el coche. Pero al pasar una estación de servicio vemos una pequeña luz y conseguimos, no 20, sino 30. Y el Señor que vende se desahoga con Jozef contando sus sentimientos. Al final con las manos hace gesto de orar.

Antes de llegar, muchos controles militares. Nos piden la documentación. Rezamos vísperas y completas. Oramos por toda la gente que hemos encontrado, y suplicamos a Dios la Paz y el fin de tanto mal. Nuestro camino nos lleva, casi cuatro horas después de salir, a Gwozdawa; una casa tranquila en el campo, en la que los frailes celebran diariamente con el pueblo, de unos cien habitantes.

Nos recibe Maksymilian, el superior. Es ya muy tarde. Son pasadas las 11 de la noche. Y el día ha sido agotador, impresionante, sobrecogedor.

Cristo Resucitado, cura la tierra de Ucrania, cura sus heridas. Cura nuestro mundo.