Noticias desde el Carmel de Bangui

Noticias desde el Carmel de Bangui

“Queridos amigos:

Os escribo para daros una importante noticia: todos los refugiados han vuelto a casa. Sí, habéis leído bien: todos. Después de tres meses termina aquí nuestra aventura que comenzó el 5 de diciembre de 2013. Y esto es lo último de la historia de nuestro convento que llegó a convertirse de modo imprevisto en un campo de refugiados.

En efecto, desde el mes de enero, un proyecto financiado por el Alto Comisariato para los refugiados de la ONU, en colaboración con el Gobierno Centroafricano y otros patrocinadores, ha permitido a todos nuestros refugiados (y a los, mucho más numerosos, acampados en las cercanías del aeropuerto de Bangui) poder volver finalmente a los barrios de la ciudad y de reemprender una vida normal. Todas las familias han recibido una pequeña ayuda económica con la única condición de llevarse sus propios enseres domésticos a la nueva residencia, desmantelar la su propia tienda y abandonar definitivamente el campo. La marcha era libre y nadie ha sido obligados a abandonar el campo, pero, de hecho, todos han aceptado con agrado marcharse. Todo se ha desarrollado de forma ordenada y sin especiales dificultades. Al contrario: nos hemos quedado estupefactos por el modo rápido, tranquilo y disciplinado con el que nuestro campo de refugiados se ha vaciado y ha terminado su existencia. Obviamente todo esto ha sido posible no solo gracias al pequeño incentivo económico, pero sobre todo por la situación de tranquilidad y seguridad que ya se ha creado en la capital. Este nuevo clima ha animado a nuestros refugiados a dar ese paso y a comenzar una nueva vida en el barrio de origen o en otro barrio de la ciudad.

Durante días, en el Carmel, ha habido un camino de ida de carretas sobrecargadas, que volvían vacías para de nuevo ser cargadas y volver a marcharse; luego, un resonar de golpes de martillo para desmontar los postes de las tiendas: una música que no olvidaremos jamás. Llegaban corriendo, escapando de la guerra, con el miedo en su cara y pocas cosas en las manos sobre la cabeza, recogidas a toda prisa, para sobrevivir quizá y quizá no saber hasta cuándo. Ahora bien, en otras ocasiones, volvían a marcharse con más calma, casi como convencidos de la paz, con la esperanza en su rostro, de cualquier hijo y empujando las carretas cargadas de suelos y proyectos. Los refugiados estaban contentos de marchar. También nosotros estábamos contentos; pero, inevitablemente, también había un poco de tristeza por no tenerlos más entre nosotros. Estábamos muy acostumbrados y encariñados con su presencia, a sus exigencias y a su ruido de forma que, en los primeros días, todos habíamos un sentido un de vacío y un silencio al que nos estábamos acostumbrados. Pero este capítulo intenso y extraordinario de la historia del Carmel de cualquier modo debía terminar. El grupo de los niños ha protestado un poco; pero después también los más pequeños han tenido que rendirse a las decisiones de los mayores. No se crece bien en un campo de refugiados; lo entenderán cuando sean mayores. Pero es cierto que hemos tenido que esforzarnos un poco para salir del portón sin ser ya esperados, rodeados y casi vigilados por innumerables niños. Algunos eran fieles y puntuales a nuestra oración de la tarde. ¡Cuánto los echaremos de menos!

Observar ahora la zona anteriormente ocupada por refugiados, ya desierta y deshabitada, es un poco impresionante. Parece como si hubiera pasado un tifón. Solo después de la marcha de nuestros refugiados nos hemos dado cuenta de lo grande, vasto y poblado que era (así como de lo que, para evitar los saqueos en los barrios, estaban recogidas y acumuladas en sus tiendas). Durante estos días algunas personas están trabajando para poner todo en orden, recoger la suciedad, llenar los surcos creados para drenar el agua de la lluvia, limpiar el piso de las letrinas y de las duchas, desinstalar lo que se había instalado y los depósitos para la distribución del agua potable… esperando que llegara la estación de las lluvias para ver de nuevo crecer la hierba que había antes, donde ahora solo hay tierra roja, dura como el cemento. De lo que había antes solo ha quedado el mercado (con bar, cine, y un pequeño taller mecánico), notablemente reducido respecto a como era antes, situado a la entrada de nuestra propiedad y ya solamente frecuentado por clientes que vienen de los barrios limítrofes.

El 8 de enero celebramos una misa de agradecimiento al Señor por todos los beneficios con los que nos ha colmado en estos tres años y por no habernos nunca faltado su protección y su providencia. Hemos recordado, igualmente, a todos los niños nacidos en el Carmel como también a todas las personas que –por vejez o enfermedad– han terminado su vida. Acudieron asimismo viejos amigos que ya habían marchado en los meses anteriores. De igual modo muchos refugiados protestantes han querido unirse a la celebración. Terminamos la misa en la colina en el centro de nuestra propiedad con la bendición de la ciudad de Bangui implorando el don de la paz para todo el país. Efectivamente, no hay que olvidar que, si la situación del país ha mejorado claramente en la capital, no es así en otras zonas del país como Bocaranga o Bambari. Pequeños grupo de rebeldes –no siempre bien identificables, con frecuencia divididos entre ellos y poco claros en sus reivindicaciones– continúan desgraciada llevando a cabo acciones criminales causando víctimas inocentes, sembrando miedo y obligando a la población a abandonar los centros habitados. Con mucho trabajo la misión de la ONU intenta encauzar estos fenómenos que, se espera, deberán desaparecer por completo para permitir a todo el país –no solo a la capital– llegar al camino de la paz y del desarrollo.

Antes de dejarnos, delante de todos, el presidente de los refugiados pronunció un discurso brevísimo, dirigido a la comunidad de los frailes, diciendo: “Os damos las gracias por no habernos abandonado. Jamás lo olvidaremos”.

Igualmente, nosotros tampoco los olvidaremos. ¿Cómo será posible? Casi conocíamos de cada uno de ellos su cara, como si hubieran llegado a sernos familiares. Casi a todos –imposible lo contrario durante más de tres años de convivencia– les había sucedido algo que nos había permitido mezclar nuestra vida con la suya. En el Carmel, en estos tres años, hay quien ha nacido y muerto, quien se ha puesto enfermo y quien se ha curado, quien ha encontrado un trabajo y quien el amor de su vida y quien ha vuelto a encontrar la fe, o simplemente la fuerza de perdonar, perdidas en los meandros de la guerra…

Cuando la mañana del 5 de diciembre de 2013 habíamos escuchado a los primeros cientos de refugiados pensábamos quizás fuera cuestión de algunos días; luego pensamos que marcharían antes de Navidad… y luego dejamos de pensar hasta cuándo duraría la aventura, comprendiendo que el trozo de camino la habíamos hecho juntos. Huir o echarlos hubiera sido de cobardes. ¿Por qué dejar escapar una ocasión como esta? Acogerlos nos parecía algo justo que debíamos hacer; aunque algo así, y de tales proporciones, ninguno de nosotros jamás la hubiera hecho y nadie podía prever cómo y cuándo acabaría o dónde nos llevaría. Si el día que nos hubieran dicho que los refugiados llegarían a ser millares y que se instalarían durante tres años… quizá nos hubiera espantado y los habríamos rechazado. Y, por el contrario, ahora es cuando estamos un poco espantados… Pero no hay duda de que lo que hemos vivido ha sido desde el punto de vista humano y cristiano una experiencia que nos ha señalado profundamente y que recordaremos entre las más hermosas e intensas de nuestra vida. Entre nosotros no ha habido un héroe; y muchos menos el héroe sería el que esto es cribe. Cada uno ha tenido su parte, día tras día, permitiendo cambiar a quien se había parado un poco.

El que esto escribe simplemente ha intentado contaros un poco cómo es una guerra –una de las que por desgracia ha enfermado nuestro planeta– y de cómo es un convento pueda convivir con 10.000 refugiados… con algunas dificultades logísticas, pero también con una buena dosis de diversión, no pocas sorpresas y algunas satisfacciones. Un buen trabajo de equipo nos ha permitido siempre llegar  a la cima, también en las situaciones más difíciles e imprevisibles.

Finalmente, debo reconocer que también gracias a esta guerra mis lectores y los amigos del Carmel han aumentado. Es cierto que no todo el mal viene por hacer daño. Séame permitido daros mis gracias más sinceras por la pasión, el interés y la generosidad con que nos habéis seguido. Nuestra misión en las afueras de Bangui ha tenido una visibilidad que no había intentado y nuestra aventura una resonancia que ni siquiera podíamos imaginar, pero que nos han permitido alargar el círculo de nuestras amistades y de descubrir cuántas personas estaban de parte nuestra y por qué Centro África ganase la guerra en contra de la guerra.

Ahora bien, vuestro corresponsal de Bangui tendrá probablemente cosas menos interesantes que contaros. Pero este no es el momento de abandonar Centro África que todavía necesita vuestra simpatía y vuestra amistad. Se trata de un país que hay que reconstruir, pero que construir por primera vez y no podemos hacerlo sin  vuestra ayuda. África es un continente en fermento y que reserva siempre grandes sorpresas. También en el Carmel nuevas obras se encuentran esperando comenzar. No dejaré de poneros al día.

Un abrazo; de nuevo, gracias y hasta la próxima.

Federico Trinchero, ocd, los frailes del Carmel de Bangui y todos nuestros ex-refugiados”.