Meditación improvisada del Santo Padre. Encuentro con las religiosas contemplativas en el Monasterio de las Carmelitas descalzas (Antananarivo. Sábado, 7 de septiembre de 2019)

Meditación improvisada del Santo Padre. Encuentro con las religiosas contemplativas en el Monasterio de las Carmelitas descalzas (Antananarivo. Sábado, 7 de septiembre de 2019)

Os darán por escrito lo que he preparado, así lo podéis leer y meditarlo tranquilas. Ahora yo quisiera deciros algo desde el corazón.

La lectura del primer libro de los Reyes (2,2b-3), dirigida a Josué, comenzaba con una llamada al valor: «¡Ánimo sé un hombre!». Ánimo, y para seguir al Señor es necesario el valor, siempre, un poco de ánimo. Es verdad que el trabajo más pesado lo hace él, pero se necesita ánimo para dejarle hacer. Y me viene a la mente una imagen, que me ha ayudado mucho en mi vida de sacerdote y de obispo. Una noche tarde, dos religiosas, una muy joven y una anciana iban desde el coro, donde habían rezado vísperas, al refectorio. A la anciana le costaba caminar, estaba casi paralítica, y la joven intentaba ayudarla, pero la anciana se ponía nerviosa, decía: “No me toques. No hagas eso que me caigo”. Y, Dios sabe, pero parece que la enfermedad había vuelto a la anciana un poco neurótica. Pero la joven siempre con la sonrisa la acompañaba. Al final, llegaron al refectorio, la joven intentaba ayudarla a sentarse, y la anciana: “No, no, me haces daño, me duele aquí…”, pero al final se sentaba. Una joven, ante esta situación, seguramente hubiese estado tentada de mandarla a paseo. Pero aquella joven sonreía, cogía el pan, lo preparaba y se lo daba. Esta no es una fábula, es una historia auténtica: la anciana se llamaba sor San Pedro, y la joven sor Teresa del Niño Jesús.

Esta es una historia auténtica, que refleja una pequeña parte de la vida comunitaria, que hace ver el espíritu con el que se puede vivir una vida comunitaria. La caridad en las pequeñas y en las grandes cosas. Aquella joven habría podido pensar: “Sí, pero mañana iré a la priora y le diré que envíe a una más fuerte a ayudar a esta anciana, porque yo no soy capaz”. No pensó así. Creyó en la obediencia: “La obediencia me ha dado esta tarea y la cumpliré”. Con la fuerza de la obediencia hacía con caridad exquisita este trabajo. Sé que todas vosotras, monjas de clausura, habéis venido para estar cerca del Señor, para buscar el camino de la perfección; pero el camino de la perfección se encuentra en estos pequeños pasos en el camino de la obediencia. Pequeños pasos de caridad y de amor. Pequeños pasos que parecen nada, pero son pequeños pasos que atraen, que “hacen esclavo” a Dios, pequeños hilos que “apresan” a Dios. Esto pensaba la joven: a los hilos con los que apresaba a Dios, a las cuerdas, cuerdas de amor, que son los pequeños actos de caridad, pequeños, pequeñísimos, porque nuestra pequeña alma no puede hacer grandes cosas.

Sé valiente. El valor de dar pequeños pasos, el valor de creer que, a través de la pequeñez, Dios es feliz, y consuma la salvación del mundo. “No pero yo pienso que debe cambiar la vida religiosa, debe ser más perfecta, más cercana a Dios, y por esto yo quiero ser priora, capitular, para cambiar las cosas… No digo que alguna de vosotras piense esto… Pero el diablo se insinúa en estos pensamientos. Si tú quieres cambiar no solo el monasterio, no solo la vida religiosa —cambiar y salvar con Jesús—, salvar el mundo comenzando con estos pequeños actos de amor, de renuncia a sí mismo, que aprisionan a Dios y lo traen entre nosotros.

Volvamos a la historia de la joven y de la anciana. Una de estas tardes, antes de cenar, mientras iban del coro al refectorio —salían diez minutos antes del coro para ir al refectorio, paso a paso— Teresa sintió una música, de fuera… Era una música de fiesta, de baile… Y pensó en una fiesta en la que las jóvenes y los jóvenes bailaban, honestamente, una hermosa fiesta de familia… tal vez un matrimonio, un cumpleaños… Pensó en la música, en todo aquello… Y sintió algo dentro, tal vez ha sentido: “Sería hermoso estar allí”, no sé… Y enseguida, decidida, dijo al Señor que nunca, nunca habría cambiado por esa fiesta mundana uno solo de sus gestos con la hermana anciana. Estos la hacían más feliz que todos los bailes del mundo.

Seguramente, a vosotras, la mundanidad os llegará de muchas formas escondidas. Sabed discernir, con la priora, con la comunidad en capítulo, discernir las voces de la mundanidad, porque no entren en la clausura. La mundanidad no es una monja de clausura, más aun, es una cabra que va por su camino, lleva fuera de la clausura… Cuando te vienen pensamientos de mundanidad, cierra la puerta y piensa a los pequeños actos de amor, estos salvan el mundo. Teresa prefirió custodiar la anciana y seguir adelante.

Esto que os diré ahora, lo diré no para asustaros, sino que es una realidad, lo ha dicho Jesús, y me permito de decirlo también yo. Cada una de vosotras, para entrar en el convento, ha debido luchar, ha hecho tantas cosas buenas y ha vencido, ha vencido: ha vencido el espíritu mundano, ha vencido el pecado, ha vencido al diablo. Tal vez, el día en que tú has entrado en el convento, el diablo se ha quedado en la puerta, triste: “He perdido un alma”, y se ha ido. Pero después ha ido a pedir consejo a otro diablo más astuto, un diablo viejo, que seguramente le ha dicho: “Ten paciencia, espera”. Es un modo habitual de actuar del demonio. Jesús lo dice. Cuando el demonio deja libre un alma, se va; después, pasado un poco de tiempo, tiene ganas de volver, y ve aquel alma tan hermosa, tan bien dispuesta, tan bella, y quiere entrar. ¿Y qué dice Jesús? Que el diablo va y busca otros siete peores que él y vuelve con los siete, y quieren entrar en esa casa dispuesta. Pero no pueden entrar haciendo ruido, como si fuesen ladrones, deben entrar educadamente. Y así los diablos “educados” llaman a la puerta: “Quisiera entrar…, busco esta ayuda, o esto otro, o lo de más allá”. Y les dejan entrar. Son diablos educados, entran en casa, cambian la disposición y después, dice Jesús, el final de ese hombre o de esa mujer es peor que el inicio. ¿Pero no te has dado cuenta que ese era un espíritu maligno? “No, era educado, muy bueno”. Y ahora, no, yo me voy a casa porque no puedo tolerar esto…”. Es demasiado tarde ya, tú lo has dejado entrar demasiado dentro de tu corazón. ¿No te has dado cuenta, no has hablado con la priora, no has hablado con el capítulo, con alguna de las hermanas de la comunidad? El tentador no quiere ser descubierto, por eso se disfraza de persona noble, educada, a veces de padre espiritual, a veces… Por favor, hermana, cuando tu sientes algo extraño, habla enseguida. Habla enseguida. Manifiéstalo. Si Eva hubiese hablado a tiempo, si hubiese ido al Señor para decirle: “Esta serpiente me dice estas cosas, ¿tú que crees?”. Si hubiese hablado a tiempo. Pero Eva no habló, y vino el desastre. Este consejo os doy: hablar enseguida, hablar a tiempo, cuando hay algo que os quita la tranquilidad; no digo la paz, sino todavía antes la tranquilidad, después la paz. Esto es ayuda, esta es la defensa que tenéis en la comunidad: una ayuda a la otra para hacer un frente común, para defender la santidad, para defender la gloria de Dios, para defender el amor, para defender el monasterio. “Pero nosotras nos defendemos bien de la mundanidad espiritual, nos defendemos bien del diablo porque tenemos doble reja, y en medio también una cortina”. La doble reja y la cortina no son suficientes. Podríais tener cien cortinas. Es necesaria la caridad, la oración. La caridad de pedir consejo a tiempo, de escuchar a las hermanas, de escuchar a la priora. Y la oración con el Señor, la oración: “Señor, es verdad que esto que siento, esto que me dice la serpiente, ¿es verdad?”. Aquella joven Teresa, apenas sentía algo dentro, lo hablaba con la priora…, que no la quería, no la amaba la priora. “Pero como puedo ir a hablar con la priora si cada vez que me ve me enseña los dientes”. Sí, pero es la priora, es Jesús. “Pero, padre, la priora no es buena, es mala”. Deja que lo diga el Señor, para ti es Jesús la priora. “Pero la priora es un poco anciana, no le funcionan bien las cosas…”. Deja que lo decida el capítulo; tú, si quieres decir esto, lo dices en el capítulo, pero tú ve a la priora, porque es Jesús. Siempre la trasparencia del corazón. Siempre hablando se vence.

Y esta Teresa, que sabía que era antipática a la priora, iba con ella. Es verdad, es necesario reconocer que no todas las prioras son el premio Nobel de la simpatía. Pero son Jesús. El camino de la obediencia es el que te sujeta al amor, nos sujeta al amor.

Después, Teresa se enfermó. Se enfermó y, poco a poco, le parecía  haber perdido la fe. Esta pobrecita, que en su vida había sabido espantar los diablos “educados”, a la hora de la muerte no sabía cómo actuar con el demonio que la rondaba. Decía: “Lo veo: gira, gira…”. Es la oscuridad de los últimos días, de los últimos meses de la vida. Para la tentación, la lucha espiritual, el ejercicio de la caridad no se jubila, hasta el final tú debes luchar. Hasta el final. Ella pensaba haber perdido la fe. Y llamaba a las hermanas para que echaran agua santa en su cama, para que llevaran las velas bendecidas… La lucha del monasterio es hasta el final. Pero es hermosa, porque en esa lucha —cruel pero bella—, cuando es auténtica, no se pierde la paz.

Este Papa —diréis— es un poco “folclórico”, porque en vez de hablarnos de cosas teológicas, nos ha hablado como a las niñas. Ojalá fuesen todas niñas en el espíritu, ojalá. Con esa dimensión de infancia que el Señor tanto ama.

Quisiera terminar la historia de Teresa con la anciana. Teresa, ahora, acompaña a un anciano. Y quiero dar testimonio de esto, quiero dar testimonio porque ella me ha acompañado, en cada paso me acompaña. Me ha enseñado a dar pasos. A veces soy un poco neurótico y la echo fuera, como Madre San Pedro. A veces la escucho; a veces los dolores no me dejan escucharla bien… Pero es una amiga fiel. Por eso no he querido hablaros de teorías, he querido hablaros de mi experiencia con una Santa, y de deciros lo que es capaz de hacer una santa y cuál es el camino para ser santos. Ánimo, adelante.