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B. Maria Josefina

B. Maria Josefina
26 junio 2017

Josefina Catanea, nació en Nápoles el 18 de febrero de 1896 en su familia todos la conocían como “Pinella”.

Tras completar sus estudios de comercio, el 10 de marzo de 1918 entró en la comunidad carmelitana de Santa María de “Ponti Rossi”, nacida gracias a la voluntad de su hermana Antonieta -la cual portaba como terciaria carmelita el nombre de María Teresa-, con el apoyo del P. Romualdo de San Antonio, carmelita descalzo. No gozaba de buena salud, era más bien algo frágil y enfermiza; así, en 1912 sufrió problemas de anginas y más tarde de tuberculosis. Padeció también graves enfermedades en la espina dorsal, padeciendo lesiones en las vértebras, hasta sufrir una parálisis completa y meningitis de la médula espinal. Pero diez años más tarde, el 26 de junio de 1922, fue milagrosamente curada de manera instantánea, tras el contacto con el brazo de San Francisco Javier, que había sido llevado a Nápoles.

Apenas iniciada su vida como carmelita descalza, comenzó un apostolado, que la “monja santa”, como la llamaban, llevará a cabo a lo largo de toda su vida: acogía gozosa en el monasterio todo tipo de enfermos y necesitados, a los cuales procuraba consuelo y daba su consejo, ayudándoles a encontrar el amor de Dios, a menudo realizando también prodigios. Era este un ejercicio de auto-negación de su espíritu contemplativo para ayudar a los otros, que continuó, especialmente en los días festivos, incluso cuando fue golpeada por otras enfermedades. En 1944, cuando contaba 50 años y tenía la vista muy debilitada, hubo de resignarse a usar siempre la silla de ruedas. Su imagen era la de un nuevo Jesús crucificado para la Iglesia y los hermanos, por lo que su nombre religioso se convirtió en un signo de su vida. Quería ser víctima por el sufrimiento de la humanidad, llena de una renovada sensibilidad que vivía como don del Espíritu Santo. En 1932 la Santa Sede reconoció como monasterio de pleno derecho en la Orden, la casa de “Ponti Rossi” de Nápoles y Josefina Catanea vistió el hábito de Santa Teresa de modo oficial, tomando el nombre nuevo de María Josefina de Jesús crucificado. El 6 de agosto del mismo año profesa solemnemente según la Regla, que ya seguía desde 1918.

Desde el 1934 asumió el cargo de supriora por nombramiento del Arzobispo de Nápoles, Alessio Ascalesi, después, en 1945, fue vicaria y el 29 de septiembre del mismo año fue elegida Priora por el capítulo conventual, encargo en el que se mantuvo hasta su muerte.

Practicó grandemente sus virtudes espirituales durante la Segunda Guerra Mundial: docilidad amorosa, humildad y simplicidad, sobre todo. Rezaba continuamente alimentando así su confianza en Dios, que contagiaba a cuantos se acercaban como peregrinos a “Ponti Rossi” para escuchar sus palabras de ánimo que les ayudaban a reemprender con esperanza su vida, superando las pruebas y los dolores. El día de su vestición había dicho: “Me he ofrecido a Cristo Crucificado para ser crucificada con Él”.

El Señor le cogió la palabra y, así, la hizo partícipe de su sufrimiento, que ella buscó vivir tranquila y gozosamente, sumergida en el corazón de la Virgen María. En un cierto momento comenzó a recibir extraordinarios carismas místicos, acompañados durante largos años de duras pruebas y persecuciones que soportaba abandonándose a la voluntad de Dios. Por obediencia y por consejo del padre Romualdo de San Antonio, escribió la “Autobiografía” (1894-1932) y el “Diario” (1925-1945). De ella conservamos también cartas y exhortaciones para los religiosos.

Desde 1943 comenzó a sufrir de inflamación del laberinto del oído interno, problemas del sistema nervioso, esclerosis múltiple muy dolorosa, pérdida progresiva de visión y otras dolencias. Convencida de que su situación de enfermedad era voluntad de Dios, la recibió como un regalo que le permitía acercarse a Jesús en la cruz. Finalmente entró en una crisis de gangrena generalizada ofreciéndose del todo a Dios como sacrificio por las almas.

La madre María Josefina murió el 14 de marzo de 1948 con su corazón entregado a Dios y las almas. Su cuerpo deshecho se conservó completamente incorrupto hasta el 27 de marzo, la fecha del entierro, como para dar posibilidades a las multitudes que se acercaron al monasterio para dar el último saludo a la “monja santa”.

En diciembre de 1948 el cardenal Ascalesi, inició el proceso ordinario para la causa de la beatificación. El 3 de enero de 1987, se promulgó el decreto sobre las virtudes. Fue beatificada en la Catedral de Nápoles por el cardenal Crescenzio Sepe el 1 de junio de 2008. Su memoria litúrgica se celebra el 26 de junio.