Grandes elefantes, pequeños pigmeos, preciosos diamantes y misioneros enamorados. Noticias del Carmelo de Bangui

Grandes elefantes, pequeños pigmeos, preciosos diamantes y misioneros enamorados. Noticias del Carmelo de Bangui

En el tiempo de la creación –digamos aproximadamente entre el quinto y sexto día– Dios se paseaba entre el 2° paralelo norte y el 16° meridiano este. Sé bien que en la época aún no había en el mundo referencias tan precisas. Y Dios no lo necesitaba ciertamente para sus paseos en la Tierra que acababa de crear; pero fue para hacernos entender donde estaba en aquel momento. Y aquí, por el cansancio del trabajo de los días anteriores, simplemente porque aún no había siete millones de personas de las que ocuparse, Dios descansó y se quedó dormido. Sin embargo, no se dio cuenta de que, en el fondo en el saco de su fantasía, había un hueco del que salieron ríos y cascadas, árboles altísimos, piedras preciosas y animales de toda forma y color. Cuando se despertó, ya era muy tarde para poner todo en el saco. Los monos, colgados entre las lianas, estaban incluso jugando con el saco del que acababan de salir. Dios sonrió divertido y pensó que los monos  eran realmente hermosos. Llamó a lo que terminaba de crear ‘Jungla’ y pensó que sería preciso que alguien se preocupara de tanta belleza. Entonces creó a los pigmeos, uno de los pueblos más amables y pacíficos de la tierra. Dios les entregó las llaves de la Jungla, abandonó aquel lugar con un poco de pena y comenzó a ocuparse de los problemas de los hombres que, en muy poco tiempo, podrían construir las primeras ciudades.

Tanta maravilla, distante unos 500 kilómetros de donde vivo, merecía una visita personal. Por eso pensamos que una excursión, donde Dios había reposado hace ya tantos siglos, podía ser el lugar adecuado para distraernos y reposar también nosotros un poco, después del cansancio académico del primer semestre.

La primera parada del largo viaje fue Bangui, en la región del río Lobaye, donde se encuentra nuestro albergue de referencia en la zona. Apenas llegados, la familia de fray Régis, además de toda la casa a nuestra disposición, nos ofreció un buenísimo café producido allí. El sol aún no se había puesto  y aprovechamos para darnos un buen baño en el río. Por la mañana del día siguiente, antes de seguir el viaje, celebramos la Misa en la iglesia del poblado. Pero, en Bambio, es imposible celebrar una Misa que no sea solemne y a la Misa acude mucha gente. Aquí los sacerdotes son raros, por no hablar de que llega uno acompañado de un convento entero. En el desayuno el continental breakfast de Bambio prevé mandioca y animales silvestres cazados el día anterior.

Por la tarde llegamos a Belemboké, una misión de solos pigmeos al borde de la  Jungla. Los únicos no pigmeos en el poblado son dos sacerdotes africanos –el P. Anselmo y el P. Sergio–, tres hermanas de América Latina –sor Melania, sor Alba Maria y sor Margarita– y el maestro de la escuela elementar. Los pigmeos –me explican mis hermanos de hábito– son los verdaderos habitantes de Centro África. Aquí los ha puesto Dios, mientras que los otros habitantes del país pertenecen a la etnia bantú, llegada a Centro África a continuación de las migraciones. En Belemboké parroquia y poblado nacieron al mismo tiempo en 1973, por iniciativa del P. Lambert, un valeroso sacerdote francés. Este misionero se dio cuenta de que los pigmeos vivían con mucha frecuencia dependiendo de los amos de otras etnias, casi como siervos. El sacerdote, creando toda una parroquia para ellos, permitió, de hecho, también el nacimiento de un poblado solo de pigmeos, quienes construyeron alrededor de la iglesia sus típicas cabañas de ramas y hojas entrelazadas en forma de iglú. Y, con buena paz de quien retiene, un poco de forma apresurada, la evangelización ha sido una de las causas de la extinción de las culturas indígenas, este sacerdote dio a los pigmeos, con el Evangelio, también la libertad y dignidad, preservando su cultura y tradiciones. Y entre los elementos más interesantes de la cultura pigmea, en un contexto donde la poligamia estaba largamente difundida, encontró la práctica de una rigurosa monogamia que casó perfectamente –es justo decirlo– con la concepción cristiana del matrimonio. Obviamente la iniciativa del P. Lambert no gustó a quien había perdido la mano de obra gratuita. El sacerdote fue amenazado. Pero, en su defensa, intervino Bokassa, el famoso soberano del que entonces era el Imperio Centroafricano, que declaró que quien causara algún mal al sacerdote habría sido como haberlo hecho a la misma persona del emperador. Desde entonces, estos pequeños dueños de la Jungla siguen viviendo felices y en paz, incluso no sabiendo nada del enésimo y ambiguo acuerdo de paz para Centro África hace poco firmado en Jartún.

Pasada la noche entre las cabañas de los pigmeos, salimos para Bayanga, donde visitaremos el National Dzanga-Sangha National Park. El parque se encuentra inmerso en la Jungla de la cuenca del río Congo, en el extremo sudoeste de Centro África, enclavado entre el Camerún y el Congo-Brazaville. El objetivo de la excursión es llegar y observar de cerca una colonia de elefantes. Recorrimos a pie un tramo de densa Jungla. El guía, ayudado por un pigmeo que se puso a la cabeza de la comitiva, nos ofrece algunas instrucciones respecto el comportamiento que hay que tener en el caso de que nos viéramos atacados por un elefante o por un gorila. Para los hipopótamos no tiene instrucciones que ofrecernos: nos informa de que es mejor no encontrarlos. Finalmente, nos pidió que estuviéramos en silencio para evitar atraer a los animales. Y mis hermanos de hábito se sumergieron en un silencio más riguroso que el que debería haber en el convento, por la tarde, después de la oración de Completas. Después de algunos metros, mientras estábamos atravesando a pie descalzos un pequeño río, observamos huellas de dimensiones notables. El guía no bromeaba: los elefantes habían pasado hacía poco por allí. Después de casi una hora de camino subimos a mirador creado a propósito para contemplar estas enormes criaturas de Dios que, hacia mediodía, llegan a un curso de agua para abrevar. El espectáculo es impresionante y más allá de toda previsión: los elefantes son unos cien. Pero, como nos informó el guía, dentro de la Jungla se han contado unos 4.000. Un patrimonio increíble que hace que este parte de naturaleza sin contaminación sea algo único en el mundo y que atrae nuestras miradas durante algunas horas.

Por la tarde volvemos a ir hacia el norte. Atravesamos la Jungla tropical que catalogarla exuberante parece un término insuficiente. La carretera es un pequeño sendero de tierra roja que, tímidamente, pide permiso a arbustos de grandes hojas y árboles majestuosos que, altos y vanidoso, parecen vigilantes con penachos, casi enfadados por nuestra presencia. Finalmente, llegamos a Nola, donde pasamos la noche. Nola es una ciudad pintoresca, situada en el cruce de los ríos Kadeï y Mamberé que, unidos, dan origen al gran río Sangha, reino indiscutido de muchos hipopótamos. En el punto de confluencia de los dos ríos hay una pequeña isla, cubierta de grandes árboles y poblada por monos, un tiempo sede de la prisión de la ciudad. Para llegar a la antigua misión, fundada en 1939 y situada en la otra parte del río, tuvimos que subir con el coche sobre una balsa flotadora. Legamos cuando casi se ponía el sol. Nos acogió sor Inés, una anciana hermana española, que para la cena nos había preparado antílope y camarones.

Por la mañana, atravesando la ciudad, estábamos impresionados por la cantidad de ‘bureaux d’achat’ de oro y diamantes que se ofrecen en toda la carretera. En efecto, nos encontramos en una de tantas zonas de Centro África donde el subsuelo es particularmente rico en estos minerales preciosos. Y es un sufrimiento –mío y de mis hermanos de hábito– hacerse la pregunta frustrante de por qué este país, que literalmente duerme encima de oro y diamantes, esté condenado a vivir en la extrema pobreza y solo otros puedan aprovecharse de sus riquezas.

A mediodía llegamos a Berberati, una de las ciudades más grandes de Centro África. Nos llevaron a comer chicos del Centro Kizito, una realidad creada para la recuperación de niños y chicos víctimas o autores de violencia, con frecuencia huérfanos, a ves provenientes de grupos armados o que ya han estado más o menso con bastante insistencia en prisión. Sor Elvira, una misionera que no conoce matices y que no soporta los orfanatos, es el principio de esta comunidad que intenta recuperar la dignidad a decenas de chicos a través del aprendizaje de un oficio, la agricultura, la música, el deporte y sobre todo el arte de vivir juntos sin causarse mal. “Sara mbi ga zo – Haz que llegues a ser un hombre” es el difícil lema de esta ambiciosa iniciativa que sor Elvira lleva tenazmente adelante, ya desde hace años, con la ayuda de diversas familias y no pocas dificultades. Un hermano de hábito mío, al fin de la visita, propuso a sor Elvira como presidente de Centro África, también solo por un mandato. No creo que sor Elvira tenga ambiciones de esta clase pero, precisamente este año, el presidente de la República Italiana ha reconocido sus méritos nombrándola Commendatore dell’Ordine al Merito della Repubblica Italiana.

En la catedral de Berberati encontramos al joven obispo Denis Agbenyadzi, originario de Gana, y que nos entretuvo contándonos un poco de su experiencia misionera, de modo particular de los ocho años pasados como párroco entre los pigmeos de Belemboké. Después nos dirigimos hacia el norte y, a mitad del trayecto, hicimos una parada en las cascadas de Touboutu. Llegamos a Carnot, otro centro para recoger oro y diamantes. Nos acogió el P. André, anciano misionero proveniente de  Bélgica. Visitamos la iglesia, por desgracia no óptimo estado, de Notre Dame de la Mamberé que parece casi u meteorito de arte  medieval precipitado casualmente en estas partes.

En viaje hacia Baoro, donde desde 1973 hemos abierto una misión y penúltima etapa antes de volver a casa, nos sumergimos en un interesante  y animado debate sobre la naturaleza, la historia, la belleza, las emociones de un europeo y las de un africano … De gustibus non est dispuntandum, decían los antiguos. Pero yo no estoy con los antiguos. Estoy más bien con los jóvenes y la disputa se enciende y mucho. Mis opiniones y mis cánones estéticos están en clara minoría. Me declaro vencido y nos orientamos hacia debates menos dificultosos. En Baoro, huéspedes de nuestros hermanos, visitamos la escuela para catequistas recién abierta. Fue inaugurada hace muchos años por el P. Nicolò, el fundador de nuestra misión, y cerrada poco después. Ahora revive gracias al empeño del P. Odilon que con pasión se dedica a la formación de diez catequistas que viven con sus familias.

A lo largo de los últimos kilómetros antes de llegar a Bangui, vuelvo a pensar en los lugares, pero sobre todo en las personas encontradas durante el viaje: misioneros y misioneras enamorados de este país que, escondidos como diamantes, trabajan por el Reino de Dios sin hace demasiado ruido. A cada uno les he hecho la inevitable pregunta: “Pero tú, ¿desde cuántos años estás aquí?”. La pregunta es indiscreta, casi impertinente, como si quisiera conocer la combinación de una caja fuerte que no me pertenece. El misionero o la misionera sonríen, cierran los ojos –como para manifestar la necesidad de volver a ver todos los años pasados en estos lugares – y luego pronuncian un número, humildes y orgullosos al mismo tiempo, como si fuera un secreto que no hubiera querido revelar, como fueron los quilates del diamante más precioso: el de la propia vida dada por el Evangelio y por esta gente.

Un abrazo desde Bangui

Federico